lunes, 10 de enero de 2011

Segunda parte y final

En los días que siguieron, la opresión, que ahogaba a su corazón cedía a medida que la planta crecía.
En las noches de luna llena, se sentaba a su lado y recordaba viejos cuentos y tarareaba lindas canciones.
Todo esto parecía que afectaba a la planta, pues en los días en los que él estaba contento, la planta estaba erguida y crecía más, por el contrario, si él estaba algo triste y decaído, la planta parecía lánguida y algo marchita.
Pero con el tiempo, eran más los días alegres que tristes.
Al llegar la primavera, la planta comenzó a llenarse de espinas, por el tallo y las ramas; parecía que se defendía de alguien. El sembrador al principio no lo entendió. Pero a medida que pasaban los días comprendió, el porqué de esas espinas.
Un pequeño capullo empezaba a nacer, el cual en tan sólo unas horas, se abrió ante los ojos del sembrador, mostrándole la más bella rosa jamás vista; roja como la sangre, con un peculiar tono púrpura oscuro, que rodeaba el filo de sus sedosos pétalos.
_”Tu belleza es extraña”_ pensó el sembrador.
Regó la planta con agua de lluvia y como empezaba a anochecer, entró en la casa, pensativo cerró la puerta, pues sentía como si le faltase algo.
_“Quizá sea tanta soledad “_pensó, mirando por la ventana.
Como no tenía apetito se acostó temprano. Cerró los ojos y respiró hondo, llegando hasta él, un aroma muy peculiar. Volvió a respirar hondo, pero esta vez aguantó el aire en los pulmones, dejándolo salir despacio, sin abrir los ojos. Aquel aroma le tranquilizó y le sumió en un sueño profundo y cálido.
“Soñaba, que aquel rosal tal especial era en realidad una mujer, la dama que él esperaba y que nunca llegaba. Hermosa como la rosa, de  cabellos como el ébano y de piel dorada por el sol, sus ojos color bronce y  labios rojos, tan oscuros como el color de la rosa.
_Mi dulce caballero _dijo la mujer_ gracias por darme la vida.
_Mi bella dama, ya estabas viva, yo sólo te ayudé a salir de esa oscuridad que te cubría _ dijo él.
_Gracias a tu generoso corazón, he logrado sobrevivir, gracias a tu cuidado y tu cariño estoy aquí _sonrió_ has sembrado en mí amor, has curado la grieta de mí corazón y cultivado en mí sentimientos muy profundos _bajó la mirada_ y por todo eso te quiero, mí sembrador.
_ ¡Me quieres! _exclamó  algo sorprendido_ mi linda rosa, mi princesa esperada, yo siempre os ame. Siempre os quise mi bella dama, gracias por venir a llenar mi vacía y triste vida.
La mujer se acercó a su caballero, y justo, cuando sus labios depositaban un cálido beso en los de él, el sembrador se despertó
Se sentó en la cama, algo sofocado y con la sensación del beso en sus labios. Poco después recordó lo soñado, y de nuevo aquel aroma llenó sus pulmones, llevándole hacia el mundo de los sueños donde todo es posible.
Días más tarde, el sembrador todavía recordaba aquel sueño, mientras seguía cuidando sus semillas; y plantas que daban ricos y jugosos frutos. Otras brindaban flores lindas y de bellos colores. Aunque ninguna se podía comparar con aquel rosal.
Llegó  el verano. Y el rosal le daba las rosas más finas y hermosas que jamás había visto. Era su recompensa por el cuidado que le profesaba todos los días.
El sembrador estaba orgulloso, pues su huerto era único y aquel rosal digno de adorar.
Así, pasaba el verano. Y mientras se acercaba el otoño, las hojas de los árboles se caían; los frutales ya habían dado todos sus frutos y se preparaban para recibir al frío invierno, sumiéndose en un sueño latente, para despertar de nuevo en primavera. Pero el rosal seguía erguido y lleno de rosas, tan extrañamente hermoso, que hacía pensar al sembrador, que era especial y único. Tanto, como sus sueños con aquella dama tan hermosa.
Él creía que el rosal y la dama eran lo mismo.
Una tarde, el sembrador, salió para recoger leña ya que empezaba a hacer frío en su hogar, pasó delante del rosal sin prestarle mucha atención.
No se dio cuenta de que había algunas rosas lacias y otras habían perdido todos sus pétalos.
Así, al día siguiente, muy de mañana como de costumbre, el sembrador se levanto. Encendió la chimenea para calentar su casa y desayunó.
Salió hacia su huerto y como siempre, fue a ver a su querido rosal. Sus ojos se agrandaron de sorpresa, al ver que no tenía ni una rosa, que todos los pétalos adornaban ahora la tierra. Cogió algunos con manos temblorosas, estaban secos y se deshicieron en sus dedos.
_ ¡Qué pasó! _exclamó_ mi lindo rosal _decía mientras removía la tierra alrededor de éste_ ahora te regaré con el agua más pura y te cuidaré aún mejor _le temblaba la voz por la pena que sentía.
Durante días le dedico todo su tiempo, dándole cuidados, el mejor abono, incluso le protegió del frío.
Pero el rosal no renacía y sus ramas se tornaron marrones, como si se deshiciera del verde, el cual le daba la vida.
El sembrador se sentía cada vez más triste, pues veía que su maravilloso rosal se moría y él no podía hacer nada. Así, una noche de luna llena, una noche fría e invernal, el tronco y las ramas del rosal se abrieron, mostrando su muerte al sembrador. Él se dio por vencido y lloró día y noche, sin consuelo, pues sentía que su corazón, también había muerto junto a su rosal.
Pero como aún podía sentir flotar en el aire, aquel aroma tan peculiar, quiso guardar un poquito de esperanza y no arrancó el rosal de la tierra; continuó regándolo y cuidándolo, como si estuviese vivo. A pesar de que sabía, que quizá sus cuidados no servirían de nada.
Llegó el mes de diciembre y con él la nieve blanca, cubriendo todo el huerto. Sumiéndolo en una paz fría y llena de calma, así él también sentía a su corazón.
Pocos días después, despertó una mañana extrañamente soleada. Salió como siempre a cuidar su huerto, y vio una figura a lo lejos, saliendo del bosque  que tenía cerca de su casa. Se quedó parado, pues aquella figura se acercaba hasta la valla de su huerto. Pudo ver que era una mujer, vestida de rojo y púrpura y se  acercó hasta ella.
_ ¿Qué se os ofrece? _preguntó él_ ¿En qué puedo ayudaros?
_Buenos días, mi dulce caballero _sonrió la mujer_ perdona mi tardanza, pues vengo de un lugar muy lejano.
_ ¿Quién eres? Creo que te conozco – le dijo abriendo la portezuela de la valla_ pasa por favor.
Ya dentro de la casa y con el corazón encogido, se acercó a la mujer. La miró con los mismos ojos llorosos que tenía ella.
_ ¿Eres tú, la dama de mis sueños? _ habló casi en susurros.
_Sí. Soy yo _ sonrió.
_ ¡Cuánto tiempo llevo esperándote! _dijo él emocionado_ no me creo aún,  que estés aquí y que seas real.
_Me siento igual que tu_ confesó.
_Y… ¿Para qué has venido? – preguntó él nervioso.
_Porque me has llamado en tus sueños, día tras día, porque te amo mí príncipe y necesito que me sigas amando, y cuidando como lo hacías,  no penes más por mi _ unas lágrimas resbalaron por sus sonrojadas mejillas.
_Mí princesa _dijo abrazándola contra su pecho_ siempre te amé y te quise, mi linda rosa. No llores amor, ya no penaré más, porque jamás esteré sólo. Mi amada me has curado el corazón.
Sus labios se encontraron en un dulce y tierno beso. Y así, abrazados pasaron la larga noche de invierno, amándose como jamás lo habían hecho.
A la mañana siguiente, también llena de sol; el sembrador se levantó despacio, para no despertar a su dama que aún dormía, y se admiró, porque por donde pasaba y todo lo que tocaba desbordaba amor.
Salió  de la casa, se dirigió a su huerto y como siempre a su rosal.
Rió al ver que tenía los tallos verdes, que algunos capullos empezaban a asomar tímidos entre las ramas, las cuales ahora estaban llenas de hojas, verdes, frescas y hermosas.
_Gracias, sabía en el fondo de mi alma, que eras una semilla muy especial, gracias por traerme al  amor de mi vida.
El sembrador lloró de alegría, cayendo así algunas lágrimas cerca del rosal, éste agradecido, se puso más erguido, ofreciéndole la mejor de las rosas, la cual ahora estaba a su lado, admirándoles, a él y al rosal, del cual provenía.
                                     FIN
Y así termina este cuento…  
Con el alma… 
       OSCURA FORASTERA”

domingo, 9 de enero de 2011

EL SEMBRADOR Y SU SEMILLA (1º parte)

“Bajo la tierra, una semilla, en profunda paz dormía.
_ ¡Despierta! _dijo el calor.
_ ¡Despierta! _la lluvia fría.
La planta que oyó el llamado, quiso ver lo que ocurría.
Se puso un vestido verde y estiro el cuerpo hacia arriba.
De toda planta que nace, ésta es la historia sencilla”

Todo parece tan sencillo… plantas una semilla, y esperas a que la naturaleza haga el resto.
Hay que saber qué clase de semillas sembramos, porque sé de cierto, que algunas están podridas y dan frutos vanos. Pero es difícil saberlo a simple vista, ya que por fuera parecen sanas.
Algo que hay que tener en cuenta, saber cómo y cuándo hay que sembrar, y cómo hacerlo. El tiempo ha de ser el adecuado, la tierra, el abono… etc.
Os diré que este cuento, habla sobre un sembrador y una semilla.

El sol brillaba en lo alto, orgulloso y sin una sola nube que le estorbara.
El azul del cielo, parecía resplandecer por su luz.
El sembrador, que andaba por el mundo buscando semillas para sembrar, miró a lo alto, hacia el cielo. Después, metió su mano en una bolsa que estaba hecha de trocitos de tela, todos diferentes, pues cada uno pertenecía al lugar del mundo, donde había encontrado una semilla sin sembrar.
Había escogido ese día para sembrar las semillas encontradas, porque lucía el sol y la tierra estaba húmeda.  Esa humedad se debía a sus lágrimas, pues lloraba por la humanidad, que estaba rota y sucia. Vana, como una semilla podrida, pero cómo ya he dicho antes, es muy difícil saber cual está sana.
El sembrador miró su mano, observó la semilla que había cogido. Tenía forma de lágrima, su color era algo rojizo y púrpura. Cerró la mano sin apretar, tan sólo protegiendo a la semilla y entornó los ojos, recordando como la encontró.
Fue una tarde de noviembre, mientras buscaba entre otras. Estaba en un lugar oscuro, donde no llegaba la luz, escondida del resto y ocultándose de las demás. La miró durante unos momentos. Pudo apreciar en ella, algunas magulladuras, huellas dejadas por el paso del tiempo y el maltrato. Al principio pensó en dejarla, pues parecía vieja y algo ajada. Pero lo pensó mejor y sin saber porque la guardó aparte de las otras.
Como estaba muy lejos de su hogar y tardaría bastantes días en llegar, se dedicó a cuidar a la semilla, la cual había guardado en el bolsillo de su camisa, el que estaba pegado justo cerca de su corazón.
Tan sólo habían pasado unos días desde que la encontró. Al sacarla del bolsillo se sorprendió, pues la semilla había cambiado, su piel estaba menos rugosa y ajada,  más tersa y brillante.
El sembrador se alegró tanto, que derramó unas lágrimas por la emoción, cayendo algunas encima de la semilla. Ésta pareció crecer, creyó sentirla palpitar, se limpió las lágrimas y negó con la cabeza.
_ ¿Acaso he encontrado una semilla, tan agradecida, que tan sólo con unas lágrimas revive? _se dijo así mismo.
Pero no acabó aun su sorpresa, pues la semilla, le devolvió lágrimas rojas como la sangre. El sembrador se quedó maravillado, pues donde habían caído las lágrimas de la semilla, él tenía una herida, la cual sanó casi al momento, al contacto de ese líquido rojo y espeso que la semilla le había devuelto.
Envolvió en su mano la semilla y la acercó a su corazón. Éste, empezó a latir más deprisa, haciendo sonreír al sembrador que hacía mucho que no sonreía.
_En cuanto lleguemos a casa, te sembraré en una parcela de tierra para ti sola _sonrió de nuevo_ así crecerás sana. Ya tengo ganas de saber qué clase de fruto o de flor serás
El sembrador abrió los ojos y miró de nuevo a la semilla. Recorrió la parcela de tierra, buscando un lugar donde sembrarla; después de un rato decidió, que el mejor lugar sería debajo de la ventana de su habitación, así podría vigilar mejor su crecimiento y de esa manera protegerla de cualquier amenaza.
Se arrodilló en el suelo, cogió su pala y cabo un hoyo no muy profundo, sólo el necesario; cogió la semilla entre los dedos índice y pulgar, y la acercó a su rostro.
_Aquí vas a estar muy bien, ya verás que rápido creces _diciendo esto beso a la semilla.
Y emocionado, sin saber muy bien el porqué, depositó la semilla con cuidado en la tierra y la cubrió con ésta; después la regó un poco con agua de lluvia.
Pensó que para saber donde estaba sembrada, debía señalar el lugar. Miró a su alrededor, cogió una pequeña ramita, ésta tenía una hoja en forma de corazón y la hincó en el lugar donde estaba la semilla.
Durante todo el día estuvo sembrando el resto de las semillas, aunque de cuando en cuando, miraba hacia la ramita, pues sentía que había sembrado también una parte de su herido corazón.
Así, pasaron los días. El sembrador cuidaba a sus semillas, pero de manera especial y con más mimo, aquella que había sembrado bajo su ventana.
Habían pasado tres semanas. Y la primera noche de luna llena, de la semilla, nació un débil tallo. El sembrador miró por la ventana, clavó su mirada en la luna, pues estaba tan hermosa… brillante y pálida, que parecía una princesa esperando a su príncipe. El cual, estaría librando batallas en el universo, para llegar hasta ella y ganarse su amor.
El sembrador sonrió al recordar viejos cuentos, de príncipes y princesas, cuentos en los que se encontraba el amor.
Él nunca había sentido ese amor, es más, llegó a pensar que no era digno de encontrarlo. Tan sólo se había dedicado a buscar semillas y sembrarlas bien, para que crecieran cosas buenas en este mundo, que para él, estaba muerto. Quería dejar sanos frutos y lindas flores para alegrar al resto de la humanidad.
Respiró hondo y bajó la mirada, al momento no vio el tallo, pero al poco fijó la mirada y distinguió, cerca de la ramita que indicaba el lugar donde estaba su semilla, un pequeño tallo.
Loco de contento salió de la casa y corrió hacia donde estaba el tallo.
_ ¡Ya estás aquí! _rió_ ¡Vaya que linda eres!
Con el dedo corazón, acaricio el pequeño tallo con ternura. Satisfecho volvió a entrar en la casa.
Esa noche cuando se acostó, no tuvo sueños raros ni tristes.